Nos unimos por la medianera de nuestras terrazas.
Unos días en mi casa y otros días en su casa.
Ambas terrazas son distintas, como son distintas también las casas.
Los días de lluvia hay que mojarse al saltar la medianera.
Aunque muchas veces la manera es no verse y extrañarse o saltar a la medianoche cuando la tormenta calmó reproches y las almas sólo piden enlazarse.
Cada casa tiene su puerta, tiene su timbre y cerradura.
Pero el secreto es que sabemos que en las terrazas no hay censura, no hay pudores ni ataduras.
Cada terraza tiene su magia y tiene la medianera que se merece. Las hay más altas y hay más bajas, con botellas rotas o alambres de púa. Las nuestras tienen una escalera que se comparte y se va pasando de lado a lado. Algunas veces te facilita la ida, y otras hay que trepar y bajar escalonando.
Cuando por lluvias intermitentes, cada uno sube sin hallar al otro, desencontrados de algún encuentro, en la medianera florecen versos. Crecen palabras e incluso frases, con adjetivos, metáforas y verbos. No se escurren por el agua ni se los vuela el viento.
Y son sus frutos nuestro alimento.
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