Uno se propone algo.
Entonces hay dos opciones.
O lo cumple o no lo cumple.
O dicho de otra manera: lo logra o no lo logra.
Pero no por eso deja de estar bien la propuesta en sí.
Esa propuesta lo hizo a uno transitar caminos y recorrer experiencias que son tan valiosas como el objetivo mismo.
Por eso el “proponerse” es tan valioso.
Por supuesto que después de “proponerse” vienen “iniciativa”, “perseverancia”, “paciencia”… y muchísimas otras más.
Pero no por eso habría que menospreciar la propuesta.
Mucha gente confunde a “propuesta” con “iniciativa”. Porque, en realidad, son dos fases de la misma etapa. Pero la gente que mayormente las confunde, es la gente que, generalmente, se queda en esa primer fase de esa primer etapa.
Poca gente pasa a la segunda fase.
Y de esa poca gente, a la mayoría le falta la perseverancia. Pero al menos esa gente tiene iniciativa en variadas cosas. Y nunca dejan de intentar. Aunque luego lo vayan a abandonar.
La gente que tiene verdadera perseverancia es la que explora y profundiza los vínculos y dinámicas para obtener su objetivo. Es gente que no le teme al error. Hasta en cierto punto lo disfruta. Aprende de él.
Quizás no muchos tengan la paciencia que hace falta. Pero la mayoría tiene la fuerza necesaria para intentar lograr el objetivo poniendo mucha energía antes que tener que precisar de la paciencia… pero cuando llega el muchas veces inevitable momento de la paciencia, necesidad de la paciencia, que por momentos se torna una mismísima “perseverancia de paciencia”, es que empiezan las verdaderas chances de cumplir el objetivo.
Sin esos atributos, el logro del objetivo queda en el campo del azar absoluto.
Con esos atributos, el logro del objetivo pasa a ser una ecuación matemática, a resolver con mucha paciencia.
Muchas veces parece no tener solución. Pero siempre hay libros y profesores a quienes consultar. Hay ejercicios y aprendizajes previos estrictamente necesarios.
Pero deja de formar parte del campo del “azar” para formar parte del campo del “hacer”.
Pero la “propuesta” es el primer paso.
Y nunca hay que desdeñar un primer paso.
Sobre todo cuando la mayoría de la población mundial no da siquiera un esbozo de ese primer paso.
viernes, 20 de agosto de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
LAS PALABRAS
Las palabras dicen cosas.
A las palabras se las puede decir, se las puede escribir, se las puede pensar.
Se las puede cantar, que es otra forma de decir.
Pero las palabras, además, dicen cosas. Por sí solas. Incluso con su ausencia misma.
Hay palabras que esconden dentro suyo otras palabras.
Y hay palabras transparentes, pero que pareciera nadie leer.
Hay palabras con mayúsculas y las hay sin mayúsculas.
Hay palabras que se llevan mejor que otras con los signos de puntuación.
Y hay palabras más proclives que otras a tener faltas de ortografía. (Yendo o Llendo al ejemplo más característico que es esa conjugación del verbo)
Hay palabras que son brasas encendidas. Y hay otras que se juntan y se tiran como ceniza con una pala.
Hay palabras que hacen palanca… para que abras…
Y hay palabras para labrar y labrar con muchísimo esmero, entusiasmo y concentración; sin cerrarlas nunca. Sin terminarlas.
Palabras-Paraguas y Palabras-Partidas. Palabras para abrazar. Palabras para saber. Palabras para salvar.
Palabras para nada más que palabras también. Y no es nada poco.
Las palabras son tan como nosotros, que nosotros no somos nosotros, sin las palabras.
A las palabras se las puede decir, se las puede escribir, se las puede pensar.
Se las puede cantar, que es otra forma de decir.
Pero las palabras, además, dicen cosas. Por sí solas. Incluso con su ausencia misma.
Hay palabras que esconden dentro suyo otras palabras.
Y hay palabras transparentes, pero que pareciera nadie leer.
Hay palabras con mayúsculas y las hay sin mayúsculas.
Hay palabras que se llevan mejor que otras con los signos de puntuación.
Y hay palabras más proclives que otras a tener faltas de ortografía. (Yendo o Llendo al ejemplo más característico que es esa conjugación del verbo)
Hay palabras que son brasas encendidas. Y hay otras que se juntan y se tiran como ceniza con una pala.
Hay palabras que hacen palanca… para que abras…
Y hay palabras para labrar y labrar con muchísimo esmero, entusiasmo y concentración; sin cerrarlas nunca. Sin terminarlas.
Palabras-Paraguas y Palabras-Partidas. Palabras para abrazar. Palabras para saber. Palabras para salvar.
Palabras para nada más que palabras también. Y no es nada poco.
Las palabras son tan como nosotros, que nosotros no somos nosotros, sin las palabras.
miércoles, 11 de agosto de 2010
EL PERRO DE AGUA
Una cosa es que te siga un perro.
Y otra cosa es que te sigan dos.
Cuando te empiezan a seguir tres, es momento de comenzar a registrar que algo no es totalmente “cotidiano”, por así decirlo… “ordinario” podría ser también otra palabra, otra definición.
No sé si fue antes o después del cuarto perro que empecé a recordar otras playas de mar, playas de río, márgenes de lagos y lagunas recorridas; ciudades con una fuente de aguas danzantes o no danzantes… y cada uno de los perros que siempre aparecían.
Al quinto perro, la anécdota de los análogos perros anteriores a esta playa, brotaba de mi boca cual parlante andante.
Parecía un carro viejo con el megáfono en el techo narrando una especie de historia fantástica del flautista de Hamelin en una adaptación barata de Disney Channel ambientada en la actualidad, protagonizada por un ignoto actor del fin del mundo.
Seis perros ya despertaban la estruendosa carcajada por la certeza de saber que cerca del agua era donde mayor atracción de perros había sentido.
Una pavada.
Un recurso barato, de escritor barato.
La estúpida casualidad de recurrir al horóscopo chino o, mejor aún, el estúpido recurso de negar la casualidad del horóscopo chino y atribuirle al Perro de Agua un significado místico. Calificarlo como una señal de algo o un mensaje metafísico.
Pero ¡ocho perros! ¿cuál fue el número siete que me perdí por distraerme en esa radio parlante encendida en mi cabeza? …creo que el marroncito de patas oscuras.
Me hace acordar al Roña. El que me seguía ese verano en Gesell.
Y el primero me había hecho acordar del de Mina Clavero… el que saltaba a morder el agua que yo tiraba como baldazos hacia arriba.
No es que cada perro me hiciera acordar a otros. Varios sí. Pero no todos. Pero el noveno era casi idéntico a Chila. A mi hermosa Chilita. La mononita linda de ese candombe inédito perdido en otro anotador. La que me siguió varias cuadras por Chilavert y me convenció de llevarla a casa.
…pero en Chilavert no había agua. Y Chila había aprendido a comer de la basura.
Creo que yo fui su agua.
De alguna manera yo soy su perro de agua.
Y otra cosa es que te sigan dos.
Cuando te empiezan a seguir tres, es momento de comenzar a registrar que algo no es totalmente “cotidiano”, por así decirlo… “ordinario” podría ser también otra palabra, otra definición.
No sé si fue antes o después del cuarto perro que empecé a recordar otras playas de mar, playas de río, márgenes de lagos y lagunas recorridas; ciudades con una fuente de aguas danzantes o no danzantes… y cada uno de los perros que siempre aparecían.
Al quinto perro, la anécdota de los análogos perros anteriores a esta playa, brotaba de mi boca cual parlante andante.
Parecía un carro viejo con el megáfono en el techo narrando una especie de historia fantástica del flautista de Hamelin en una adaptación barata de Disney Channel ambientada en la actualidad, protagonizada por un ignoto actor del fin del mundo.
Seis perros ya despertaban la estruendosa carcajada por la certeza de saber que cerca del agua era donde mayor atracción de perros había sentido.
Una pavada.
Un recurso barato, de escritor barato.
La estúpida casualidad de recurrir al horóscopo chino o, mejor aún, el estúpido recurso de negar la casualidad del horóscopo chino y atribuirle al Perro de Agua un significado místico. Calificarlo como una señal de algo o un mensaje metafísico.
Pero ¡ocho perros! ¿cuál fue el número siete que me perdí por distraerme en esa radio parlante encendida en mi cabeza? …creo que el marroncito de patas oscuras.
Me hace acordar al Roña. El que me seguía ese verano en Gesell.
Y el primero me había hecho acordar del de Mina Clavero… el que saltaba a morder el agua que yo tiraba como baldazos hacia arriba.
No es que cada perro me hiciera acordar a otros. Varios sí. Pero no todos. Pero el noveno era casi idéntico a Chila. A mi hermosa Chilita. La mononita linda de ese candombe inédito perdido en otro anotador. La que me siguió varias cuadras por Chilavert y me convenció de llevarla a casa.
…pero en Chilavert no había agua. Y Chila había aprendido a comer de la basura.
Creo que yo fui su agua.
De alguna manera yo soy su perro de agua.
martes, 10 de agosto de 2010
EL ÚNICO AMOR
Entre más de dos amores, las cosas se sienten complicadas.
No es fácil ser coherente en todo, ser sincero en todo. No mentir en casi nada.
A partir del segundo amor, ya todo empieza a tornarse conflictiva, libre y terminantemente efímero. Pero hermoso.
Sin embargo, es tolerable.
A un amor se le puede dedicar un poco más de energía emocional mientras que al otro amor, un poco más de energía de la racional. Y así se lleva.
Pero con más de dos amores las cosas definitivamente se complican.
Y hay amores que no pueden convivir. Hay amores que no toleran saludarse, conocerse, observarse. Ni siquiera admirarse respetuosamente desde una discreta distancia prudencial.
Y cuando se tiene más de dos de esos amores, en ese tipo de situaciones, uno siente que debe elegir. Y no sabe por cuál elegir.
Pero se siente tan gloriosamente magnífica la sensación de esos amores tan distintos entre sí, tan opuestos o complementarios, tan diferentes o poco parecidos… tan hermosos en sus distintas formas y lenguajes, estructuras y dinámicas.
Pero en definitiva se trata de “amor”. Palabra tan bastardeada. Tan encerrada en cursilerías del único amor que pareciera ser válido y legítimo para gran parte de esta sociedad.
Después de haberle hecho creer a la gente que existe un solo tipo de amor, se busca destruir ese foco, ese monopolio, ese núcleo condensado de creación y esperanza, con el exacerbo y la pontificación de la carne. El destino fatal. El escrito final.
Sin amores reales existentes, no hay rebelión, creación, interpelación, modificación, valoración ni cuestionamiento alguno al sistema vigente.
Entonces tendría que festejar con alegría infinita el tener más de dos amores.
Aunque resulte complicado.
Aunque sienta que debo racionar la energía que les dedico a cada uno. Aunque sienta que uno de esos amores merece más energía de la que le estoy dedicando. Aunque sienta que uno de esos amores merece toda mi energía.
Aunque el sistema te repita que “el que mucho abarca poco aprieta”. Como si lo verdaderamente correcto e importante fuera querer “apretar”. Y no el hecho mismo de abarcar, expandirse, explorarse. Buscar y buscarse. Pero siempre desde el amor. O, mejor dicho, con amores. Con distintos amores. Incluso, distintos tipos de amores.
Un único amor que contenga todos esos amores.
Y cada uno de nosotros es ese único amor.
No es fácil ser coherente en todo, ser sincero en todo. No mentir en casi nada.
A partir del segundo amor, ya todo empieza a tornarse conflictiva, libre y terminantemente efímero. Pero hermoso.
Sin embargo, es tolerable.
A un amor se le puede dedicar un poco más de energía emocional mientras que al otro amor, un poco más de energía de la racional. Y así se lleva.
Pero con más de dos amores las cosas definitivamente se complican.
Y hay amores que no pueden convivir. Hay amores que no toleran saludarse, conocerse, observarse. Ni siquiera admirarse respetuosamente desde una discreta distancia prudencial.
Y cuando se tiene más de dos de esos amores, en ese tipo de situaciones, uno siente que debe elegir. Y no sabe por cuál elegir.
Pero se siente tan gloriosamente magnífica la sensación de esos amores tan distintos entre sí, tan opuestos o complementarios, tan diferentes o poco parecidos… tan hermosos en sus distintas formas y lenguajes, estructuras y dinámicas.
Pero en definitiva se trata de “amor”. Palabra tan bastardeada. Tan encerrada en cursilerías del único amor que pareciera ser válido y legítimo para gran parte de esta sociedad.
Después de haberle hecho creer a la gente que existe un solo tipo de amor, se busca destruir ese foco, ese monopolio, ese núcleo condensado de creación y esperanza, con el exacerbo y la pontificación de la carne. El destino fatal. El escrito final.
Sin amores reales existentes, no hay rebelión, creación, interpelación, modificación, valoración ni cuestionamiento alguno al sistema vigente.
Entonces tendría que festejar con alegría infinita el tener más de dos amores.
Aunque resulte complicado.
Aunque sienta que debo racionar la energía que les dedico a cada uno. Aunque sienta que uno de esos amores merece más energía de la que le estoy dedicando. Aunque sienta que uno de esos amores merece toda mi energía.
Aunque el sistema te repita que “el que mucho abarca poco aprieta”. Como si lo verdaderamente correcto e importante fuera querer “apretar”. Y no el hecho mismo de abarcar, expandirse, explorarse. Buscar y buscarse. Pero siempre desde el amor. O, mejor dicho, con amores. Con distintos amores. Incluso, distintos tipos de amores.
Un único amor que contenga todos esos amores.
Y cada uno de nosotros es ese único amor.
martes, 3 de agosto de 2010
EL DESPERTADOR
Me desperté pensando.
Qué extraña forma de despertarse…
Aunque a mi me sucede bastante a menudo. Sin embargo no dejo de vivirlo cada vez como algo extraño, poco normal, irregular.
Esta vez me desperté pensando qué hubiera sucedido si la oscuridad hubiera continuado mucho tiempo más. Si todos los días, comprobando que me quedaba sin suministro, hubiera tenido que salir corriendo a los chinos a comprar más velas. Si el electricista no se hubiera ganado ochenta pesos en quince minutos devolviéndome la luz eléctrica en mi hogar.
Podría haber sido una larga historia.
Podría haber sido una historia que empezara con la compra de las velas en el supermercado que paga la mitad del IVA en nunca se sabe qué productos. Y que recién hubiera terminado con la llegada del electricista héroe/salvador. Pero en el medio podrían haber sucedido miles de cosas. No sólo el mero relato de las peripecias culinarias, de lo que implica cocinar a oscuras, con la música de fondo sonando desde el celular porque el equipo de música se ENCHUFA, pero controlando la carga de la batería porque queda poca y el cargador se ENCHUFA, pensando en que mañana tiene que sonar el despertador (mísero despertador) de este mismo celular porque el despertador RADIO/RELOJ se: ENCHUFA y sufriendo de antemano el frío polar de la habitación sin caloventor porque, obviamente, se ENCHUFA.
Podría haber sido una historia que relatara paso a paso las distintas soluciones intermedias al gran conflicto central de la falta de corriente eléctrica en la casa. De cómo el doble acolchado extra intentaba convencerme de que una vez que me desvistiera muriéndome de frío, iba a estar bien resguardado y calentito entre las sábanas.
Pero por razones que desconozco, este pensamiento no me asaltó ayer cuando me desperté con la alarma del celular. Cuando amanecí abrigado cual campamento en plena Villa La Angostura en pleno invierno metido adentro de una bolsa de dormir de oferta del Carrefour. No.
Como cuando tampoco me dieron ganas de sentarme a escribir las secuencias de accidentes bizarros con la moto cada vez que salía, intacto pero estupefacto, de cada uno de ellos. NO. Tampoco.
Como cuando me hubiera encantado poder traducir en palabras las cosas hermosas que sentía, vivía, me pasaban de largo o se quedaban a habitarme un tiempo.
PERO NO.
Me desperté pensando qué hubiera pasado si la oscuridad hubiera continuado. Cuando me despertó el sonido del despertador electrónico.
Con su chirrido constante y ya cansado por los años, interrumpió cualquier imagen, análoga a comprar velas, que hubiera podido aparecer.
Pero no dejó de sonar. Entonces, después que mi mente salió de su interrupción, quedó colgada de ese broche en el tender que con el resortito esta pellizcando misteriosamente la tela y aferrándose a la soga a pesar de nuestro tironeo vago y soberbio (usé soberbio solamente como adjetivo opuesto al menosprecio que nos puede provocar un brochecito de mierda que no se quiere desenganchar). En definitiva, me colgué con el ruidito del despertador. Con esa somnolencia típica de cuando uno tiene verdadero sueño pero aún igual se levanta con la somnolencia sabrosamente ansiosa de un riquísimo mañanero.
Pero así, ensimismado con el sonido, siendo uno solo el sonido, la cama, el espacio entero de la habitación, los acolchados, el leve rugir del caloventor y yo… pude escuchar las vibraciones de esa frecuencia monótona y punzante, sus variaciones, su disfonía eléctrica, su ir y venir de volúmenes, sus esporádicas intermitencias. Dejó de ser un sonido cotidianamente aburrido y funcional, para pasar a ser objeto de atención e interés. Como tantas otras cosas en la vida que uno no presta atención y toma como vulgares, en el sentido de normales y comunes (o comunes y corrientes para ser más vulgar). El ritmo y la secuencia con que viene el texto me llevaría fácilmente ahora a describir varias situaciones similares al descubrimiento de eso EXTRAoRDINARIO dentro de algo aparentemente tan ORDINario… Pero no voy a caer en esa tentación.
Solamente restaría agregar que si cada vez que me cuelgo con algo porque me despierto pensando escribiera un ensayo filosófico, entonces no levantaría el culo de la silla.
Así que mejor lo dejamos acá.
Qué extraña forma de despertarse…
Aunque a mi me sucede bastante a menudo. Sin embargo no dejo de vivirlo cada vez como algo extraño, poco normal, irregular.
Esta vez me desperté pensando qué hubiera sucedido si la oscuridad hubiera continuado mucho tiempo más. Si todos los días, comprobando que me quedaba sin suministro, hubiera tenido que salir corriendo a los chinos a comprar más velas. Si el electricista no se hubiera ganado ochenta pesos en quince minutos devolviéndome la luz eléctrica en mi hogar.
Podría haber sido una larga historia.
Podría haber sido una historia que empezara con la compra de las velas en el supermercado que paga la mitad del IVA en nunca se sabe qué productos. Y que recién hubiera terminado con la llegada del electricista héroe/salvador. Pero en el medio podrían haber sucedido miles de cosas. No sólo el mero relato de las peripecias culinarias, de lo que implica cocinar a oscuras, con la música de fondo sonando desde el celular porque el equipo de música se ENCHUFA, pero controlando la carga de la batería porque queda poca y el cargador se ENCHUFA, pensando en que mañana tiene que sonar el despertador (mísero despertador) de este mismo celular porque el despertador RADIO/RELOJ se: ENCHUFA y sufriendo de antemano el frío polar de la habitación sin caloventor porque, obviamente, se ENCHUFA.
Podría haber sido una historia que relatara paso a paso las distintas soluciones intermedias al gran conflicto central de la falta de corriente eléctrica en la casa. De cómo el doble acolchado extra intentaba convencerme de que una vez que me desvistiera muriéndome de frío, iba a estar bien resguardado y calentito entre las sábanas.
Pero por razones que desconozco, este pensamiento no me asaltó ayer cuando me desperté con la alarma del celular. Cuando amanecí abrigado cual campamento en plena Villa La Angostura en pleno invierno metido adentro de una bolsa de dormir de oferta del Carrefour. No.
Como cuando tampoco me dieron ganas de sentarme a escribir las secuencias de accidentes bizarros con la moto cada vez que salía, intacto pero estupefacto, de cada uno de ellos. NO. Tampoco.
Como cuando me hubiera encantado poder traducir en palabras las cosas hermosas que sentía, vivía, me pasaban de largo o se quedaban a habitarme un tiempo.
PERO NO.
Me desperté pensando qué hubiera pasado si la oscuridad hubiera continuado. Cuando me despertó el sonido del despertador electrónico.
Con su chirrido constante y ya cansado por los años, interrumpió cualquier imagen, análoga a comprar velas, que hubiera podido aparecer.
Pero no dejó de sonar. Entonces, después que mi mente salió de su interrupción, quedó colgada de ese broche en el tender que con el resortito esta pellizcando misteriosamente la tela y aferrándose a la soga a pesar de nuestro tironeo vago y soberbio (usé soberbio solamente como adjetivo opuesto al menosprecio que nos puede provocar un brochecito de mierda que no se quiere desenganchar). En definitiva, me colgué con el ruidito del despertador. Con esa somnolencia típica de cuando uno tiene verdadero sueño pero aún igual se levanta con la somnolencia sabrosamente ansiosa de un riquísimo mañanero.
Pero así, ensimismado con el sonido, siendo uno solo el sonido, la cama, el espacio entero de la habitación, los acolchados, el leve rugir del caloventor y yo… pude escuchar las vibraciones de esa frecuencia monótona y punzante, sus variaciones, su disfonía eléctrica, su ir y venir de volúmenes, sus esporádicas intermitencias. Dejó de ser un sonido cotidianamente aburrido y funcional, para pasar a ser objeto de atención e interés. Como tantas otras cosas en la vida que uno no presta atención y toma como vulgares, en el sentido de normales y comunes (o comunes y corrientes para ser más vulgar). El ritmo y la secuencia con que viene el texto me llevaría fácilmente ahora a describir varias situaciones similares al descubrimiento de eso EXTRAoRDINARIO dentro de algo aparentemente tan ORDINario… Pero no voy a caer en esa tentación.
Solamente restaría agregar que si cada vez que me cuelgo con algo porque me despierto pensando escribiera un ensayo filosófico, entonces no levantaría el culo de la silla.
Así que mejor lo dejamos acá.
domingo, 1 de agosto de 2010
EL ANOTADOR
Pensaba escribir sobre algo importante… o bueno ahhh “IMPORTANTE” no sé si tan así… pero sí al menos interesante… si… i n t e r esant e… o algo así.
Observé por sobre mi hombro izquierdo, en diagonal con un suave giro desde el cuello sin mover músculo facial alguno ni por accidente, el anotador apoyado arriba de la consola Peavy de 12 canales cañito y paliada como pocas, que ya se había acabado… había anotado la última canción justo en la última hoja del anotador. Ese anotador donde hay un dibujo de un hombre, bastante barbudo, con una guitarra estilo española o criolla, que parece llevar rasgos míos pero también de Inodoro Pereyra y del mismísimo Fontanarrosa, del Che Guevara y de Hugo Varela, o de Fontova mezclado con El Náufrago… Pero esa fue la tapa del anotador durante los últimos 4 años aproximadamente… porque era un anotador mucho más grueso que los anteriores, que duraban uno o dos años. Este anotador duró como cuatro… o más de cuatro, en este momento no me quiero poner a hacer cuentas… pero duró el doble que los anotadores anteriores…Éste anotador era grueso. Tenía muchas hojas. Muchas hojas en blanco. Muchas hojas en blanco para llenar… Era bastante pesado. Ahora que ya no lo llevo en el bolsito a todos lados me di cuenta que me está dejando de doler permanentemente el hombro izquierdo por la tira del bolsito que hace presión justo en esa zona. Ahora las últimas cosas que anoté, las fui mechando en el mismo cuaderno tapa dura que encontré de casualidad. Pero lo comparten las planificaciones del jardín de los sábados, con unas tareas del profe de canto, con una factura que tengo que llamar a un flete de hace un año para pedirle que la corrija o me dé una nueva porque sino en la cooperadora no nos van a devolver la plata del gasto de llevar esos armarios viejos de un depósito de San Martín hasta el Bajo Flores. Son muchas las cosas que conviven en ese cuadernito. No es lo mismo que anotar en un nuevo anotador. Un nuevo anotador con una nueva tapa, que te va a acompañar en el bolsito a todos lados. Entonces, ya que todavía no tengo nuevo anotador, prefería en vez de sentarme en cualquier lado a escribir a mano en alguna hoja suelta o de cuadernito sin importancia… preferí escribirlo directamente en la computadora.
Y de repente, entonces, agregando, definiendo, empezando a… quería escribir, pero no sabía bien qué… de hecho, no tenía ni la menor idea del qué… y me sentí vacío. Me sentí sin proyectos. Me sentí sin ideales ni siquiera ideas. Me sentí sin sentimientos. Me sentí. Me sentí, por ese instante accidental, raro. Me sentí sin miedo en ese sentir. Como un PAUSE que duró un segundo. Exactamente un segundo de cualquier reloj chino con la pila usada a punto de recibir el Knock out o nocau que es lo mismo. Pero yo lo viví como muchos más.
Fue un momento que me sorprendió. Y si en mis años no he perdido muchas cosas, quizás de la que más viejo me puse es de la capacidad de sorpresa. Y me avergüenza confesarlo. Pero no lo puedo evitar. No me sorprendo fácilmente. Entonces, que ese momento me sorprenda así, de esa manera, me causó un grato placer. El placer de no saber. Y el placer de tener que echar mano a un nuevo recurso que te sirva para salir de ese vacío/dificultad/desafío. Y si hablar del instante, queriéndolo adornar como esa gente que cuenta historias… y sabe adornar para hacerte cada vez más interesante la historia y hace volar tu imaginación a crear imágenes en tu cabeza que son únicas y nunca se las vas a poder transmitir a nadie con fidelidad aunque quieras, esa gente que te regala algo que en tu recuerdo va a ser solo tuyo y de nadie más, esa gente que dispara ideas y sentimientos e imágenes y sensaciones que se multiplican por cada interpretación distinta de cada persona con su historia, saberes, gustos y diferentes tipos de percepciones. Decía… si hablar del instante sirve para contar una historia… bueno… ahí vamos… y fue como empezar a registrar el momento mismo cual pensar en voz alta… quizás sería más práctico grabarlo… pero ya sería otro género. Nadie lo aceptaría como literatura. Pero así descripto parece una des-grabación… Y qué? No es literatura? Quién me va a venir a discutir si es literatura o no. Yo digo que sí y ya fue. Es.
Es tarde.
Y no da escribir en la compu. Me tengo que comprar urgente un nuevo anotador.
O pedirle a alguien que me lo haga.
Observé por sobre mi hombro izquierdo, en diagonal con un suave giro desde el cuello sin mover músculo facial alguno ni por accidente, el anotador apoyado arriba de la consola Peavy de 12 canales cañito y paliada como pocas, que ya se había acabado… había anotado la última canción justo en la última hoja del anotador. Ese anotador donde hay un dibujo de un hombre, bastante barbudo, con una guitarra estilo española o criolla, que parece llevar rasgos míos pero también de Inodoro Pereyra y del mismísimo Fontanarrosa, del Che Guevara y de Hugo Varela, o de Fontova mezclado con El Náufrago… Pero esa fue la tapa del anotador durante los últimos 4 años aproximadamente… porque era un anotador mucho más grueso que los anteriores, que duraban uno o dos años. Este anotador duró como cuatro… o más de cuatro, en este momento no me quiero poner a hacer cuentas… pero duró el doble que los anotadores anteriores…Éste anotador era grueso. Tenía muchas hojas. Muchas hojas en blanco. Muchas hojas en blanco para llenar… Era bastante pesado. Ahora que ya no lo llevo en el bolsito a todos lados me di cuenta que me está dejando de doler permanentemente el hombro izquierdo por la tira del bolsito que hace presión justo en esa zona. Ahora las últimas cosas que anoté, las fui mechando en el mismo cuaderno tapa dura que encontré de casualidad. Pero lo comparten las planificaciones del jardín de los sábados, con unas tareas del profe de canto, con una factura que tengo que llamar a un flete de hace un año para pedirle que la corrija o me dé una nueva porque sino en la cooperadora no nos van a devolver la plata del gasto de llevar esos armarios viejos de un depósito de San Martín hasta el Bajo Flores. Son muchas las cosas que conviven en ese cuadernito. No es lo mismo que anotar en un nuevo anotador. Un nuevo anotador con una nueva tapa, que te va a acompañar en el bolsito a todos lados. Entonces, ya que todavía no tengo nuevo anotador, prefería en vez de sentarme en cualquier lado a escribir a mano en alguna hoja suelta o de cuadernito sin importancia… preferí escribirlo directamente en la computadora.
Y de repente, entonces, agregando, definiendo, empezando a… quería escribir, pero no sabía bien qué… de hecho, no tenía ni la menor idea del qué… y me sentí vacío. Me sentí sin proyectos. Me sentí sin ideales ni siquiera ideas. Me sentí sin sentimientos. Me sentí. Me sentí, por ese instante accidental, raro. Me sentí sin miedo en ese sentir. Como un PAUSE que duró un segundo. Exactamente un segundo de cualquier reloj chino con la pila usada a punto de recibir el Knock out o nocau que es lo mismo. Pero yo lo viví como muchos más.
Fue un momento que me sorprendió. Y si en mis años no he perdido muchas cosas, quizás de la que más viejo me puse es de la capacidad de sorpresa. Y me avergüenza confesarlo. Pero no lo puedo evitar. No me sorprendo fácilmente. Entonces, que ese momento me sorprenda así, de esa manera, me causó un grato placer. El placer de no saber. Y el placer de tener que echar mano a un nuevo recurso que te sirva para salir de ese vacío/dificultad/desafío. Y si hablar del instante, queriéndolo adornar como esa gente que cuenta historias… y sabe adornar para hacerte cada vez más interesante la historia y hace volar tu imaginación a crear imágenes en tu cabeza que son únicas y nunca se las vas a poder transmitir a nadie con fidelidad aunque quieras, esa gente que te regala algo que en tu recuerdo va a ser solo tuyo y de nadie más, esa gente que dispara ideas y sentimientos e imágenes y sensaciones que se multiplican por cada interpretación distinta de cada persona con su historia, saberes, gustos y diferentes tipos de percepciones. Decía… si hablar del instante sirve para contar una historia… bueno… ahí vamos… y fue como empezar a registrar el momento mismo cual pensar en voz alta… quizás sería más práctico grabarlo… pero ya sería otro género. Nadie lo aceptaría como literatura. Pero así descripto parece una des-grabación… Y qué? No es literatura? Quién me va a venir a discutir si es literatura o no. Yo digo que sí y ya fue. Es.
Es tarde.
Y no da escribir en la compu. Me tengo que comprar urgente un nuevo anotador.
O pedirle a alguien que me lo haga.
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