Me desperté pensando.
Qué extraña forma de despertarse…
Aunque a mi me sucede bastante a menudo. Sin embargo no dejo de vivirlo cada vez como algo extraño, poco normal, irregular.
Esta vez me desperté pensando qué hubiera sucedido si la oscuridad hubiera continuado mucho tiempo más. Si todos los días, comprobando que me quedaba sin suministro, hubiera tenido que salir corriendo a los chinos a comprar más velas. Si el electricista no se hubiera ganado ochenta pesos en quince minutos devolviéndome la luz eléctrica en mi hogar.
Podría haber sido una larga historia.
Podría haber sido una historia que empezara con la compra de las velas en el supermercado que paga la mitad del IVA en nunca se sabe qué productos. Y que recién hubiera terminado con la llegada del electricista héroe/salvador. Pero en el medio podrían haber sucedido miles de cosas. No sólo el mero relato de las peripecias culinarias, de lo que implica cocinar a oscuras, con la música de fondo sonando desde el celular porque el equipo de música se ENCHUFA, pero controlando la carga de la batería porque queda poca y el cargador se ENCHUFA, pensando en que mañana tiene que sonar el despertador (mísero despertador) de este mismo celular porque el despertador RADIO/RELOJ se: ENCHUFA y sufriendo de antemano el frío polar de la habitación sin caloventor porque, obviamente, se ENCHUFA.
Podría haber sido una historia que relatara paso a paso las distintas soluciones intermedias al gran conflicto central de la falta de corriente eléctrica en la casa. De cómo el doble acolchado extra intentaba convencerme de que una vez que me desvistiera muriéndome de frío, iba a estar bien resguardado y calentito entre las sábanas.
Pero por razones que desconozco, este pensamiento no me asaltó ayer cuando me desperté con la alarma del celular. Cuando amanecí abrigado cual campamento en plena Villa La Angostura en pleno invierno metido adentro de una bolsa de dormir de oferta del Carrefour. No.
Como cuando tampoco me dieron ganas de sentarme a escribir las secuencias de accidentes bizarros con la moto cada vez que salía, intacto pero estupefacto, de cada uno de ellos. NO. Tampoco.
Como cuando me hubiera encantado poder traducir en palabras las cosas hermosas que sentía, vivía, me pasaban de largo o se quedaban a habitarme un tiempo.
PERO NO.
Me desperté pensando qué hubiera pasado si la oscuridad hubiera continuado. Cuando me despertó el sonido del despertador electrónico.
Con su chirrido constante y ya cansado por los años, interrumpió cualquier imagen, análoga a comprar velas, que hubiera podido aparecer.
Pero no dejó de sonar. Entonces, después que mi mente salió de su interrupción, quedó colgada de ese broche en el tender que con el resortito esta pellizcando misteriosamente la tela y aferrándose a la soga a pesar de nuestro tironeo vago y soberbio (usé soberbio solamente como adjetivo opuesto al menosprecio que nos puede provocar un brochecito de mierda que no se quiere desenganchar). En definitiva, me colgué con el ruidito del despertador. Con esa somnolencia típica de cuando uno tiene verdadero sueño pero aún igual se levanta con la somnolencia sabrosamente ansiosa de un riquísimo mañanero.
Pero así, ensimismado con el sonido, siendo uno solo el sonido, la cama, el espacio entero de la habitación, los acolchados, el leve rugir del caloventor y yo… pude escuchar las vibraciones de esa frecuencia monótona y punzante, sus variaciones, su disfonía eléctrica, su ir y venir de volúmenes, sus esporádicas intermitencias. Dejó de ser un sonido cotidianamente aburrido y funcional, para pasar a ser objeto de atención e interés. Como tantas otras cosas en la vida que uno no presta atención y toma como vulgares, en el sentido de normales y comunes (o comunes y corrientes para ser más vulgar). El ritmo y la secuencia con que viene el texto me llevaría fácilmente ahora a describir varias situaciones similares al descubrimiento de eso EXTRAoRDINARIO dentro de algo aparentemente tan ORDINario… Pero no voy a caer en esa tentación.
Solamente restaría agregar que si cada vez que me cuelgo con algo porque me despierto pensando escribiera un ensayo filosófico, entonces no levantaría el culo de la silla.
Así que mejor lo dejamos acá.
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