Si uno buscara razonar el significado de la frase más popular compuesta por dos palabritas “Te” “Amo”, estaría en serios problemas. Contaría con muchísimos inconvenientes para despojar del análisis o pseudo-investigación lingüística todas las subjetividades propias del plano del romance, las emociones, los sentimientos y demás abstracciones míticas o mágicas de los misteriosos secretos del sistema nervioso central.
Quizá un poco más amables y dóciles sean las otras palabritas de la frase “Te” “Quiero”.
Éstas permitirían, al menos una, explicación lógica.
“Te quiero” podría ser justificada o explicada como la abreviatura resultante de la síntesis de múltiples frases que indicarían una serie de deseos hacia otra persona, animal o ser vivo cualquiera. Podría ser tanto el resúmen de “te quiero ver” como de “te quiero agradecer”. Podría estar sugiriendo “te quiero tener junto a mi” como “te quiero extrañar menos”.
Podría funcionar tanto como afirmación de “te quiero hacer feliz” como de un inocente pedido “te quiero pedir abrazos”. “Te quiero escuchar y sentir” o “te quiero coger y hacer el amor”. “Te quiero en mi vida” y “Te quiero cuidar”.
Pero con el “Te amo” no hay ninguna explicación que pueda satisfacer o siquiera intentar convencer a un lingüista serio. Salvo la explicación de ese genio. Un genio cualquiera, de esos genios que uno se cruza en algún bar a altas horas de la noche, que al esbozar con gesto de escritor maldito y artista sufrido la sentencia de su vida, ante el auditorio compuesto por una sola persona con un cuaderno, me dijo: “te quiero” y “te amo” son sinónimos. Pero “Te amo” es una frase mucho más linda y muchísimo más difícil de pronunciar.
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